¿Puede hablar el subalterno? Una lectura de Spivak

Juan Antonio Lan
FLACSO-Ecuador


Gayatri Chakravorty Spivak, en su reconocido ensayo ¿Puede hablar el subalterno?,
plantea una provocadora afirmación: el subalterno no puede hablar y, si llega a hacerlo,
deja de serlo. Esta sentencia, que puede parecer paradójica o incluso contradictoria, está
sostenida por un complejo aparato teórico nutrido de autores del posestructuralismo, lo
cual vuelve densa su lectura. El caso de las viudas bengalíes que se lanzaban a las piras
funerarias de sus maridos —y cómo estas prácticas fueron cooptadas tanto por el
discurso colonial como por el nacionalismo indio— sirve como ejemplo clave de su
idea cental.


La subalternidad, para Spivak, no se define únicamente por la falta de poder económico
o político, sino por la imposibilidad de ocupar un lugar dentro del campo de
significación. Es decir, el subalterno no tiene acceso a un canal legítimo desde el cual
enunciar su experiencia. Otros hablan en su nombre (el poder colonial, las élites
masculinas o los intelectuales) y anulan su voz antes de que esta siquiera pueda
articularse. En el caso de las viudas, los hombres asumieron el derecho de interpretar
sus actos sin que existiera una vía de comunicación efectiva para que ellas mismas
explicaran sus motivaciones. Por tanto, no es que no hablaran, sino que no había
interlocutor que pudiera escuchar su enunciación desde una posición de reconocimiento.
Spivak enmarca su análisis dentro de los debates poscoloniales y feministas, alejándose
ciertamente de las aproximaciones meramente materiales o empíricas. Su propuesta
tiene implicaciones epistemológicas profundas: si aceptar que el subalterno no puede
hablar implica que es imposible conocerlo desde la historiografía tradicional, entonces
cualquier intento de estudiar al subalterno desde fuera de sus propias condiciones de
posibilidad corre el riesgo de reproducir su silenciamiento. Este dilema tensiona la
práctica historiográfica, abriendo un cuestionamiento sobre los límites del conocimiento
y la representación.


Uno de los aportes más relevantes de Spivak es su insistencia en concebir al sujeto
postcolonial como fragmentario y heterogéneo, atravesado inevitablemente por el género. En este sentido, introduce la figura del gendered postcolonial subject, el sujeto
postcolonial marcado por la experiencia de género. Esta dimensión es crucial, ya que la
mujer subalterna, en particular, se encuentra doblemente excluida: como mujer y como
colonizada. Su diferencia radical no reside en una esencia, sino en el hecho de que su
voz no forma parte del discurso dominante.


La obra de Spivak si bien se nutre del posestructuralismo, también se distancia de
cualquier forma de esencialismo que idealice un sujeto nativo auténtico y puro. A través
de la deconstrucción, Spivak busca no solo desenmascarar las estrategias discursivas del
poder colonial, sino también visibilizar los silencios estructurales y los ángulos ciegos
que han dejado fuera a los sujetos subalternos. Así, propone una crítica que se sitúa
entre la reconstrucción y la opacidad al apostar por una lectura a contrapelo de las
narrativas establecidas.


Su planteamiento ha generado críticas, especialmente por considerar que el subalterno
estaría condenado a un silencio absoluto, lo que convertiría su figura en una categoría
puramente teórica, inaccesible en la práctica. No obstante, Spivak ha respondido
matizando su posición: no se trata de que el subalterno no hable en términos absolutos,
sino de que no existen condiciones discursivas que le permitan ser escuchado como tal.
Por eso, insiste en la necesidad de trazar un itinerario del silencio, una forma de abrir
espacios para que esas voces marginadas puedan, eventualmente, encontrar un lugar de
enunciación.


En definitiva, el pensamiento de Spivak nos obliga a repensar las formas en que
concebimos la voz, la representación y la agencia dentro del discurso postcolonial. No
se trata de hablar “por” el subalterno, sino de cuestionar los marcos que históricamente
han impedido que sus palabras sean significativas. Su trabajo no ofrece soluciones
sencillas, pero sí una vía crítica para desmontar los mecanismos de exclusión que
estructuran tanto la historia como el conocimiento.

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