FLACSO-Ecuador

Puede afirmarse que Heraclio Bonilla es uno de los historiadores que ha generado mayor polémica y debate en el siglo XX. Apareció en la escena pública en oposición historiográfica a la Comisión del Sesquicentenario; y en las décadas posteriores, mantuvo intercambios intelectuales con diversos historiadores que no estaban de acuerdo con sus planteamientos históricos y buscaban nuevas interpretaciones. Gracias a estos diálogos, surgieron nuevas preguntas sobre temas como la independencia, la participación indígena en la Guerra con Chile, los proyectos políticos decimonónicos, entre muchos otros.
De todas las polémicas generadas por Bonilla, la que tuvo mayor impacto fue la referida a la Independencia del Perú en el contexto de las celebraciones del Sesquicentenario de la independencia nacional. Según Carlos Contreras, la discusión fue una de las más importantes en el siglo XX peruano por las consecuencias y efectos en la disciplina histórica (Contreras, 2008). Así, en el presente texto, se tratará de mostrar el impacto y las disyuntivas del carácter «científico» para la historia en el Perú a partir del debate sostenido entre Heraclio Bonilla, Karen Spalding y la historiografía tradicional.
Conmemoraciones del Sesquicentenario y la Colección Documental
Sin duda, el general Juan Velasco Alvarado es uno de los personajes más controversiales de la historia reciente peruana. Su gobierno (1968-1975) se caracterizó por ser, de manera paralela, autoritario y reformista en diversos aspectos sociales. Por ejemplo, la reforma agraria y la nacionalización de la International Petroleum Company generaron cambios no solo en lo económico sino también en el plano discursivo y en el lenguaje político. Para el tema del petróleo, Carlos Aguirre resalta que el gobierno de Velasco legitimó sus acciones apoyándose en la idea de una «segunda emancipación» bajo el argumento de que la «primera» ni fue exitosa ni suficiente. Efectivamente, según el discurso nacionalista de Velasco, las estructuras coloniales no fueron superadas, por lo que las expectativas y demandas ciudadanas nunca lograron concretizarse por culpa de la «dependencia, subdesarrollo e injusticia social». En consecuencia, era necesario realizar cambios estructurales para iniciar el proceso de liberación nacional.
Por todo ello, la conmemoración del Sesquicentenario daba motivos para legitimar estas retóricas. En palabras de Carlos Aguirre: «La proximidad de la conmemoración, en 1971, del sesquicentenario de la “primera” independencia ofreció al gobierno militar la oportunidad de mostrar sus éxitos y reclamar una legitimidad política e histórica al establecer una directa y explícita conexión con el proceso que culminó con la proclamación de la independencia 150 años atrás» (Aguirre, 2009, p. 42).
Esta coincidencia fue aprovechada por el régimen, y fue así como el 16 de septiembre de 1969 se creó la Comisión Nacional del Sesquicentenario de la Independencia del Perú (CNSIP). De acuerdo con el reciente sitio web alusivo de la Biblioteca Nacional del Perú, la Comisión «tuvo como objetivo: Preparar y dirigir la ejecución del programa con que se conmemorará, en todo el país, el 150 Aniversario de la Emancipación» (Art. 3 del DL. 17815). Entre sus principales objetivos, estuvo la publicación de una Colección Documental de la Independencia del Perú (CDIP), «ya que por primera vez las fuentes documentales, de difícil acceso y en la mayoría de los casos fuera del alcance de los estudiosos, estarán al alcance de todos los estudiosos y en toda la República» (Mendoza, 1970).
Esta Comisión estuvo presidida por el general Juan Mendoza y por académicos que representaban a ciertas instituciones de la sociedad civil. Según Aguirre, a pesar de que estos académicos eran asignados por sus roles en estas organizaciones, sí tenían un perfil en común pues «visto en retrospectiva se trató, ciertamente, de una decisión sorprendente: un gobierno que se proclamaba revolucionario formó una comisión dominada por historiadores conservadores cuyo trabajo representaba lo que por entonces podía considerarse “tradicional” en términos historiográficos» (Aguirre, 2009, p. 42).

Fueron varios los comités que se conformaron en la CNSIP. Así, encontramos al de documentos, publicaciones, actividades públicas, monumentos, finanzas y promoción económica (Aguirre, 2017, p. 43). Sus actividades tenían un gran arraigo en la historia, y eran tanto cívicas como simbólicas. La iniciativa más importante y costosa fue la compilación y publicación de la CDIP, una masiva antología de fuentes relacionadas con el proceso emancipador. La CDIP recopiló fuentes manuscritas e impresas disponibles en archivos y bibliotecas peruanos y extranjeros que ayudarían a demostrar los esfuerzos y «participación activa» por parte de peruanos y residentes de «países hermanos» en la búsqueda de la «emancipación americana» (Aguirre, 2009, p. 43). Con su publicación, se corregía la visión limitada e incompleta de la independencia del Perú: se mostraba que «no fuimos los últimos en la lucha por la Independencia, ni estuvimos ausentes en otras latitudes. Al contrario, fuimos los primeros en la rebelión y a la ideología» (Aguirre, 2009, p. 44).
La CDIP publicó 24 tomos con un total de 86 volúmenes, más un volumen adicional de antología de textos. En síntesis, el proceso de la independencia se mostró como un despliegue continuo «a partir de ideas difundidas por un conjunto de “ideólogos”, cuyo pensamiento convergió con varios movimientos populares que en distintos lugares del Perú se venían rebelando contra el gobierno español, obedeciendo a un sentimiento de peruanidad y deseo de libertad y autonomía» (Contreras, 2008, p. 15).
Frente a la CDIP, apareció una propuesta contraria y retadora. El libro La independencia en el Perú (1972) editado por Heraclio Bonilla y publicado bajo el sello del Instituto de Estudios Peruanos, buscaba: «Como una contribución al esclarecimiento del proceso de la Independencia, breve momento histórico en el cual se sancionó la ruptura política entre el Perú y su metrópoli española, el IEP cumpliendo con su tarea científica y crítica ofrece, en este nuevo volumen de su serie PERÚ PROBLEMA, cinco ensayos que tratan desde nuevas perspectivas el problema de la Independencia. Su selección fue encargada a Heraclio Bonilla y su propósito es ofrecer al lector los planteamientos de la moderna investigación histórica sobre el tema. Los análisis e interpretaciones que formulan los autores de estos ensayos constituyen serios intentos para reexaminar y cuestionar la versión que tradicionalmente existe entre nosotros sobre la Independencia» (Bonilla & Matos, 1972, p. 9).
En esta publicación, escribieron destacados historiadores extranjeros como Pierre Chaunu, Tulio Halperín, Eric Hobsbawm y Pierre Vilar. No obstante, el foco de atención se centró en el artículo La Independencia en el Perú: las palabras y los hechos de Heraclio Bonilla y Karen Spalding. Al parecer, tal fue su importancia que «dicha polémica marcó la agenda de la historiografía peruana posterior; incluso más allá del tema específico de la independencia» (Contreras, 2008, p. 13).
Posiciones y pasiones encontradas
Siguiendo a Contreras (2008), en contraposición a la Comisión del Sesquicentenario, en resumidas cuentas, los historiadores Bonilla y Spalding propusieron los siguientes argumentos:
1. La sociedad colonial antes de la independencia no estaba compuesta por «peruanos», sino por poblaciones segmentadas: peninsulares, criollos, mestizos, indios y negros. Estos sectores se encontraban en constantes rivalidades y contradicciones, por lo que no tenían una causa común para luchar por la emancipación.
2. Los criollos, quienes debían ser los conductores del proceso, no podían alterar el orden político y social, puesto que les garantizaba su preeminencia en la sociedad colonial multiétnica.
3. El virreinato no era una nación y no podía luchar por su independencia.
4. La razón principal es que no hubo una clase dirigente para conducir el consenso necesario.
5. La independencia fue resultado subsidiario de las luchas emancipatorias de otras regiones.
6. Por último, la independencia no significó un cambio real ni en la vida de la mayoría de la población ni en el orden político; por el contrario, sirvió para reforzar su relación asimétrica con las potencias dominantes.
Más allá de los puntos mencionados, las reacciones de quienes se sintieron aludidos historiográficamente no se hicieron esperar e, incluso, podría afirmarse que se generó una suerte de combate, donde «surge la confrontación de dos maneras de comprender e interpretar la época de la independencia» (Morán, 2007, pp. 25-40). Hubo varias reacciones negativas desde distintos medios de prensa. El Comercio, por ejemplo, aseguraba que «los marxistas quitaban méritos a los peruanos que lucharon por la emancipación de 1821». Otro en denunciar fue Alberto Tauro del Pino, quien aseveró que la influencia que ejercía tal publicación era negativa. Asimismo, el 7 de mayo, el diario La Prensa calificó como revisionistas a los historiadores por proponer la incapacidad revolucionaria de los peruanos en 1821. Además, se criticó la carencia documental y el dogmatismo tendencioso de las afirmaciones formuladas (Morán, 2007, pp. 25-40). Por su parte, los diarios Expreso y La Nueva Crónica denunciaron una campaña marcartista que inició El Comercio y La Prensa con motivo de la publicación del libro La Independencia en el Perú.
Asimismo, Daniel Morán recopiló una serie de declaraciones de Bonilla en entrevistas que son muy ilustrativas sobre su concepción de la Historia. En ellas, hacía una llamada urgente a los historiadores jóvenes para revisar y corregir la Historia del Perú «porque era imprescindible, a través de esa revisión de una elaboración de una lúcida conciencia histórica al servicio de la liberación del hombre, sin duda, la destrucción de una nacionalidad oligárquica». Más adelante, señala lo siguiente: «Este breve artículo no tuvo otro propósito que el de aportar algunos elementos a la discusión sobre la situación de la historia en nuestro medio, el de señalar la profunda debilidad teórica de los supuestos de la Historia reaccionaria y el probar que la necesidad de una revisión crítica de la historia peruana no es pues el resultado de la obra de malos consejeros o de espíritus escépticos, sino que se funda en exigencias de inobjetable valor científico» (Morán, 2007, p. 55).
En sus palabras, Bonilla deseaba ofrecer una interpretación y una explicación histórica, luego de interrogar intensivamente los documentos. En ese sentido, fue a partir de allí que la revisión científica y crítica se abrió paso y se creó una nueva imagen que se germinaba desde la llamada Nueva Historia Peruana. Diversos autores (Chaupis, 2022; Drinot, 2006; Morán, 2007 y Loayza, 2019) enmarcan, de manera unánime, las trayectorias académicas de Bonilla y Spalding dentro de la llamada Nueva Historia, pero ¿en qué consistía?
Por lo general, quienes pertenecían a ella eran parte de una generación de historiadores que pretendían reinterpretar «la historia escrita por la hegemónica tradicional, para transformar estructuralmente y de forma radical al Perú» (Chaupis, 2022, p. 205). De acuerdo con Drinot, las principales materias de estudio de la vieja historia como los gobernantes, las obras públicas y las batallas empezaron a ser relegados a un segundo plano. La razón fue por el uso de nuevas metodologías e influencias teóricas, así como la llegada del marxismo althusseriano, Escuela de los Annales, la historia social inglesa, la teoría de la dependencia y el estructuralismo. También hubo un impacto de pensadores como José Carlos Mariátegui, y eran deudores de historiadores como Jorge Basadre y Pablo Macera (Drinot, 2008, pp. 239-240).
A esto, habría que sumarle una serie de acontecimientos tanto locales como globales, como la guerra de Vietnam, la Revolución Cubana y la Guerra de Argelia. Estos procesos complementaron el espíritu crítico y radical de los peruanos, quienes atravesaban por sus propias transformaciones como el crecimiento de la clase media, la expansión de la educación universitaria, la aparición de la guerrilla de los sesenta y las reformas velasquistas. Estos cambios se observaron en la composición de los integrantes de la Nueva Historia, donde muchos procedían de provincias; de igual manera, las mujeres ganaron presencia en la historiografía. Es importante mencionar que un número importante se formaron en otras disciplinas (sociología y antropología), por lo que se podría decir que no eran historiadores de pregrado. Drinot resalta que, a pesar de la influencia marxista, no todos los de la Nueva Historia eran sus cultores; sin embargo, gran parte de ellos utilizaron extensamente categorías del marxismo y vincularon sus objetivos académicos con la militancia política de izquierda. La revolución debía llegar a la sociedad en general y no podía disociarse de lo que acontecía en la academia.
Según José Chaupis, los que escribieron el ensayo crítico a la historiografía del Sesquicentenario formaban parte de un grupo de historiadores peruanos y peruanistas que buscaban renovar los estudios históricos en el país. Karen Spalding es un ejemplo representativo. Nació en California en 1939, y se graduó de literatura en la Universidad de Stanford y luego en la Universidad de California (Berkeley), donde conoció a John Rowe, quien la inició en la historia andina. Además, Spalding siguió la corriente de la historiografía norteamericana que se interesaba por América Latina, África y Asia, y se conectó con las redes intelectuales de los historiadores peruanos. Entre los historiadores que vinieron a investigar sobre el Perú, sobresalió Spalding, quien llegó en 1964 impulsando los estudios de etnohistoria andina que estaban en proceso de consolidación, especialmente la época colonial. Fue integrada por Bonilla al grupo de historia del Instituto de Estudios Peruanos junto con Baltazar Caravedo, Christine Hunefeldt, entre otros (Chaupis, 2022, p. 206).
Por su parte, Bonilla (1942) se doctoró en 1970 en historia económica por la Universidad de París, y siete años más tarde en Antropología por la Universidad Nacional Mayor de San Marcos. De acuerdo con José Chaupis: «Nacido en 1942, de familia jaujina, su padre trabajaba para centros mineros norteamericanos de la región central (…). El contexto provinciano de sus años iniciales influenciará en su formación académica. Estudió antropología en la Universidad Nacional de San Marcos, donde obtuvo el grado de bachiller, posteriormente viajó becado a Europa, estudiando en el Ecole Practique des Hautes Etudes en medio del ambiente de protesta de Mayo del 68 contra el capitalismo y el orden mundial bipolar. Manuel Burga (2005) lo ubica como parta de la generación afrancesada, la cual adquirió una cultura cosmopolita, moderna y heterodoxa, con influencia marxista, mirada amplia a través de las innovaciones en las ciencias sociales y un mayor acercamiento a la historia total de los Annales» (Chaupis, 2022, p. 205).
Retomando una idea de Manuel Burga, entre 1970 y 1990, apareció una generación afrancesada, la cual estaba muy vinculada con el marxismo y la revolución. Entre los más destacados de su generación se pueden encontrar a Heraclio Bonilla y Alberto Flores Galindo. Gracias a las becas de la embajada francesa en los años sesenta, varios jóvenes peruanos provenientes de las ciencias sociales y las humanidades iniciaron sus estudios de doctorado: «Estas becas se ganaban casi sin respaldo institucional y más como consecuencia de las iniciativas personales, del azar de una recomendación inesperada y de las ganas de perfeccionarse en el extranjero. ¿Por qué Francia? ¿Por qué a Ecole Practique des Hautes Etudes? ¿Por qué buscar la dirección de Pierre Vilar, Ruggiero Romano, Alan Touraine o Henri Fabvre? Francia era, entonces, 1968. París era una ciudad libre, donde podía adquirirse una cultura heterodoxa, moderna, sólida, revolucionaria y acceder -a través del aprendizaje del idioma- a una bibliografía casi infinita de novedades en ciencias sociales (…) París, en consecuencia, tenía un especial significado para el aprendizaje del marxismo, del renovador avance de las ciencias sociales y acercamiento sistemático a la dinámica Escuela Histórica de los Annales. Por todas estas razones, y gracias a las becas francesas de estudios, una docena de jóvenes egresados de facultades de letras y ciencias humanas del Perú, entre estos años 1965 y 1975, realizamos la anhelada aventura intelectual en Francia» (Burga, 2005, p. 194).
De acuerdo con Burga, Bonilla estuvo bajo la dirección de Ruggiero Romano y en contacto con Fernand Braudel, Pierre Chaunu, Francois Chevalier y Pierre Vilar. En su tesis doctoral titulada Guano y burguesía en el Perú, usó conceptos como «burguesía», «mercado interno», «capitalismo mercantil», «economía de exportación» para demostrar que los capitales que ingresaron al Perú no lograron los objetivos de los administradores del capital y de la política peruana. En su lugar, los ingresos se dispendiaron en la consolidación de la deuda interna, malas inversiones en ferrocarriles, y las haciendas multiplicaron trapiches inútiles de poca rentabilidad (Burga, 2005, p. 196). Con el uso de estadísticas, análisis de fluctuaciones de precios y volúmenes exportados Bonilla descubrió tendencias a largo plazo del siglo XIX peruano, las coyunturas a mediano plazo, y las agitaciones políticas y sociales de la época. Por tanto, propuso que fracasó la modernización material, económica, política y social que se esperaba con las exportaciones del guano. En realidad, esta materia prima solo siguió el patrón de las exportaciones en la historia del Perú y no trajo beneficio alguno (Burga, 2005, p. 197).
Asimismo, Bonilla realizó un intento de hacer una historia que utilizará conceptos, discutiera ideas y recorría a fuentes seguras y fiables. Por ello, el uso de la economía, la sociología e, incluso, la antropología le permitió escribir desde el punto de las ciencias sociales. Después, en la década de 1980, persistió en la historia económica y se alejó de la Escuela de los Annales y se acerco a la New Economic History norteamericana y a los historiadores ingleses de la revista Past and Present. Una de las razones de su alejamiento fue la cooperación técnica y cultural francesa no ofrecía ayudas posdoctorales. Así, terminó siendo crítico con la Escuela de Annales y de sus desarrollos recientes y se acercó a la historiografía económica, social y política norteamericana (Burga, 2005, p. 197).
Los límites de la cientificidad de Bonilla y Spalding
El impacto y la controversia generados por la publicación de Bonilla y Spalding en el ámbito de la disciplina histórica en el Perú son innegables. Sus argumentos principales se basaban en la pretensión de cientificidad de sus planteamientos, que aparentemente se diferenciaban de la «historiografía tradicional». Sin embargo, es necesario analizar y explicar estos aspectos con mayor detalle.
En una entrevista realizada por Cristián Rodríguez Aldana, publicada en El Reportero de la Historia (2010), Bonilla reflexiona sobre su viaje académico a Francia para realizar estudios de postgrado en Historia, pero rápidamente se desilusionó porque consideraba que su conocimiento histórico era nulo. Como quería ser investigador, creía firmemente que su formación debía ser sólida, por lo tuvo que combinar, por un lado, la Antropología y la Historia, y, por otro lado, el razonamiento y el análisis (Rodríguez, 2010, p. 2).
Asimismo, confesó que nunca estuvo interesado en estudiar a la historiografía anterior, a la cual la calificó de «inútil». Sus razones eran varias: primero, la consideró desvinculada de la realidad peruana; segundo, era una corriente que justificaba el statu quo en vez de ser una «Historia Científica». Para Bonilla, gran parte de los miembros de esta historiografía tradicional –con serias excepciones como Guillermo Lohmann Villena– provenían del Instituto Riva-Agüero. No obstante, observó que, desde la década de 1970, el perfil de los historiadores cambió notablemente: «empieza en el campo de la Historia a surgir los primeros profesionales entrenados en esa disciplina, no es más gente que se dedica a la Historia por afición o por hobby, sino que han recibido un entrenamiento profesional» (Rodríguez, 2010, p. 3). Era recién esta nueva generación, en la lectura de Bonilla, que podría explorar la verdadera realidad del Perú con herramientas más científicas.
Una de ellas fue el marxismo, que le otorgó un marco teórico sólido para hacer ciencia. De forma específica, para el caso latinoamericano, Bonilla destacó también la influencia de la Teoría de la Dependencia y las propuestas del CEPAL, que «coincidieron con el análisis de Marx en formular críticas rotundas acerca de los paradigmas económicos, por ejemplo, la convicción que la División Social del Trabajo era la “Panacea” para los países nuestros, economías nuestras» (Rodríguez, 2010, p. 7).
Las celebraciones por el sesquicentenario de la independencia fueron la ocasión ideal para presentar su «visión crítica y reflexiva» de la evolución de la historiografía peruana. Bonilla reconoció que el ensayo La Independencia en el Perú: las palabras y los hechos, que coescribió con Karen Spalding, no era un texto profundo sino «lo que cualquier persona de mediana inteligencia y medianamente informada sabe». Lo que no esperaron fue el impacto que tendría a nivel académico y social, donde los principales medios de comunicación, El Comercio, Expreso y La Prensa, «se convirtieron cotidianamente en las ventanas de partido en las cuales había injuria tras injuria» (Rodríguez, 2010, p. 12).
Aunque los argumentos de Bonilla y Spalding buscaban ser novedosos y respaldados en los fundamentos de las ciencias sociales, del marxismo y de la teoría de la dependencia, en realidad sus ideas estaban más conectadas con propuestas debatidas en la tradición del pensamiento histórico peruano del siglo XIX y principios del XX (Méndez, 2021, p. 479). En este sentido, Carlos Contreras y Luis Miguel Glave destacan que «la idea que animó el debate en 1971, sin embargo, no era nueva; la virtud de la coyuntura en que se suscitó fue su popularización y el ánimo polémico con que fue defendida o atacada» (Contreras & Glave, 2015). Además, estos historiadores resaltan la figura del historiador chileno Vicuña Mackena en el siglo XIX como un historiador que ofreció una visión más amplia del proceso independentista peruano, rescatando sucesos y personajes que habían sido menospreciados hasta entonces. Vicuña Mackena recurrió a relatos orales de personas civiles y militares involucradas en el proceso de independencia, así como a fuentes documentales privadas, incluyendo cartas y folletos relevantes. A través de estos, dotó su narración con héroes y actos grandiosos que evidenciaban la activa participación de los peruanos en la consecución de la independencia, un papel que los pensadores y políticos habían cuestionado.
A diferencia de Vicuña Mackena, Mariano Felipe Paz Soldán, en su obra Historia del Perú independiente (1868 y 1874), pasó por alto estos asuntos y, más bien, adoptó una postura que enfatiza el papel de los ejércitos foráneos en la independencia, prescindiendo de los sucesos previos a la llegada de San Martín. Por tal razón, Cecilia Méndez también apunta que Paz Soldán postuló que la independencia comenzó con los preparativos de la expedición libertadora de San Martín en las provincias liberadas del Río de la Plata en 1819. Este enfoque se sustenta en la supuesta carencia de patriotismo de los peruanos, explicada a través de una lógica racializada que asumía la inferioridad intrínseca de las poblaciones no blancas y veía la diversidad racial como un obstáculo para el nacionalismo. Estas interpretaciones pervivieron durante un siglo y aparecieron con nuevos ropajes en las lecturas de historiadores e intelectuales marxistas del siglo XX, que no necesariamente estaban familiarizados con la obra de Paz Soldán. Tal es el caso de Bonilla y Spalding, quienes cuestionaron el nacionalismo militar y la noción de unidad nacional mediante su tesis de la independencia «importada».
Así, estos historiadores, desde distintas perspectivas ideológicas, coincidían en que la ausencia de nacionalismo, entre otros factores, se debía a las tensiones étnicas de la sociedad colonial, lo cual dificultaba que grupos como los indígenas pudieran identificarse con los diferentes proyectos políticos de las élites (Méndez, 2021, p. 479). Estos autores asumían que una comunidad de peruanos con fuertes lazos nacionalistas debía existir antes de la independencia, cuando en realidad sabemos que este tipo de sentimientos e identidades suelen surgir y consolidarse durante el propio proceso de la guerra, sin necesidad de precederla. Hay que añadir, según Méndez, que Francisco Javier Mariátegui desafió estas concepciones con sus memorias y documentos en 1869. Aunque respaldó la perspectiva de Vicuña Mackena, no lo mencionó explícitamente. Por lo tanto, la controversia en la interpretación del proceso de independencia no comenzó únicamente con los debates que acompañaron la conmemoración del sesquicentenario, ni se limitó exclusivamente a ese momento.
Es esencial situar el debate generado por el artículo de Bonilla y Spalding en el contexto de la historia peruana. A pesar de que presentaron sus ideas como una ruptura con la tradición historiográfica, se ha demostrado que estas se inscriben en un legado de reflexiones históricas en el país. Antes de ellos, hubo varios pensadores históricos que destacaron el «verdadero» carácter de la independencia del Perú. En resumidas cuentas, Vicuña Mackena, amplió la visión del proceso independentista peruano, rescatando sucesos y personajes olvidados y valorando la participación de los peruanos; mientras que Mariano Felipe Paz Soldán destacó el papel de los ejércitos extranjeros en la consumación de la independencia (Méndez, 2021, p. 482).
Esta diversidad de enfoques evidencia la riqueza y complejidad de la historiografía peruana, en constante diálogo y reinterpretación de su pasado Incluso, sin ir tan antes y para complementar, podemos traer a colación a José de la Riva-Agüero y Osma, quien en Paisaje Peruanos decía algo similar a lo que proponían Heraclio Bonilla y Karen Spalding sobre «la élite dominante, pero no dirigente». En palabras de este historiador de inicios del XX: «Y aún más se advirtió la urgente necesidad de aquella, clase directiva, centro y sostén de todo pueblo, con el establecimiento de la república democrática, que la supone y reclama, porque privada de la guía y disciplina de los mejores, tiende a degenerar por grados en anarquía bárbara, en mediocridad grisácea y burda, y en inerme y emasculada abyección. Nuestra mayor desgracia fué que el núcleo superior jamás se constituyera debidamente … ¿Quiénes, en efecto, se aprestaban a gobernar la república recién nacida? ¡Pobre aristocracia colonial, pobre boba nobleza limeña, incapaz de toda idea y de todo esfuerzo!» (Riva-Agüero, 1961, p. 15).
Reflexiones finales
Para entender mejor esta búsqueda de rompimiento con la historiografía del Sesquicentenario por parte de Bonilla y Spalding, recurriremos a la obra Los Nombres de la Historia: Una Poética del Saber de Jacques Rancière (1993). En ella, este filósofo francés reflexiona sobre el componente científico en la disciplina histórica (entre otros asuntos). El autor se pregunta sobre cómo la Historia ha buscado establecerse como una ciencia legítima, adoptando métodos y lenguajes de las ciencias sociales en su práctica. Sin embargo, existen diversas tensiones en esta búsqueda como consecuencia de la historia como «ciencia» y la historia como «poética» Mientras que primera persigue la verificabilidad y un enfoque sistemático, la segunda se enfoca en la narrativa, la interpretación y el significado.
En relación con el lenguaje y el discurso utilizados en la Historia, Rancière examina cómo el uso del lenguaje científico puede otorgar autoridad a la disciplina, pero, al mismo tiempo, ocultar su naturaleza interpretativa. Aunque la Historia puede adoptar métodos científicos, la interpretación y representación de los eventos son actividades inherentemente «poéticas». No obstante, esta «limitación» constituye una de las contribuciones más valiosas de la disciplina: su capacidad para dar voz a las múltiples perspectivas y experiencias individuales que conforman la trama de la narrativa histórica. En efecto, ella no se limita simplemente a usar la demografía, economía y sociología para validar su cientificidad, sino que busca capturar la complejidad y la riqueza de la experiencia humana a través de interpretaciones subjetivas.
Por último, al obviar de forma voluntaria o involuntaria los argumentos y las discusiones historiográficas previas, Bonilla y Spalding abandonaron el saber acumulativo del pensamiento histórico peruano. Ese era el precio para validarse, no solo como miembros fundadores de la Nueva Historia, sino también para su perfil de científicos sociales, condición que no compartían con los pensadores históricos anteriores a ellos.
Referencias bibliográficas
AGUIRRE, Carlos. (2018). ¿La segunda liberación? El nacionalismo militar y la conmemoración del sesquicentenario de la independencia peruana. En C. AGUIRRE & P. DRINOT (eds.). La Revolución Peculiar: Repensando el Gobierno Militar de Velasco. Lima: Instituto de Estudios Peruanos.
BONILLA, Heraclio & SPALDING, Karen (1972). La independencia en el Perú: las palabras y los hechos. En H. BONILLA (ed.). La independencia en el Perú. Lima: Instituto de Estudios Peruanos.
BONILLA, Heraclio & MATOS, José (1972). Presentación. En H. BONILLA (ed.). La independencia en el Perú. Lima: Instituto de Estudios Peruanos.
CHAUPIS, José (2022). El impacto historiográfico de la independencia concedida de Bonilla y Spalding. En: KAPSOLI, Wilfredo & PÉREZ GARAY, Carlos (eds.). Historiografía de la Independencia peruana en el año del Bicentenario (pp. 201-220). Lima: Universidad Ricardo Palma.
CONTRERAS, Carlos (2008). La independencia del Perú. Balance de la historiografía contemporánea. En G. SOASTI TOSCANO (ed.). Política, participación y ciudadanía en el proceso de independencias en la América andina. Quito: Fundación Konrad Adenauer.
CONTRERAS, Carlos & GLAVE, Luis Miguel (eds.) (2015). La independencia del Perú. ¿Concedida, conseguida, concebida? Lima: Instituto de Estudios Peruanos – Pontificia Universidad Católica del Perú.
DRINOT, Paulo (2006). Historiografía, identidad historiográfica y conciencia histórica en el Perú. Lima: Universidad Ricardo Palma.
LOAYZA, Alex (2016). La independencia peruana como representación. Conmemoración, historiografía y escultura pública. Lima: Instituto de Estudios Peruanos.
MÉNDEZ, Cecilia & ESTENSSORO, Juan Carlos (eds.). (2022). Las independencias antes de la independencia: miradas alternativas desde los pueblos. Lima: Instituto de Estudios Peruanos – Instituto Francés de Estudios Andinos.
MÉNDEZ, Cecilia (2022). Violencia en «clave étnica» o la sombra de Túpac Amaru en las narrativas historiográficas de la independencia del Perú. En MÉNDEZ, C. & ESTENSSORO, J. C. (eds.). Las independencias antes de la independencia: miradas alternativas desde los pueblos. Lima: Instituto de Estudios Peruanos – Instituto Francés de Estudios Andinos.
MORÁN, Daniel (2007). «Borrachera nacionalista y diálogo de sordos»: Heraclio Bonilla y la historia de la polémica sobre la independencia peruana. Praxis en la Historia, 6, 25-40.
RANCIERE, Jaques (1993). Nombres de la historia: Una poética del saber. Buenos Aires: Nueva Visión.
RODRÍGUEZ, Cristián (2010). Diálogos en la Historia con Heraclio Bonilla. El Reportero de la Historia. Recuperado de: http://reporterodelahistoria.blogspot.com/2010/10/entrevista-heraclio-bonilla.html
[1] (*) El presente texto nació a partir de un taller virtual para el grupo Historia para Maestros de la Facultad de Letras y Ciencias Humanas y del Instituto Riva-Agüero de la PUCP. La actividad se tituló Visiones sobre la Independencia del Perú en el pensamiento histórico y se llevó a cabo el 23 de julio de 2022 vía Facebook. Asimismo, en el lapso de un año, agradezco las conversaciones, comentarios y sugerencias de apreciados colegas y amigos como Christopher Cornelio, Guillermo Fernández, Carmen Mc Evoy, Joseph Dager, José de la Puente, Claudia Rosas, Carlos Gálvez-Peña y Alexander Huerta-Mercado.
Deja un comentario